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Contaba la leyenda

Contaba la leyenda que había nacido de la luz y de la oscuridad; que su madre no lo había amamantado ya que su cuerpo era el de un adulto.
Que en sus ojos se podría ver el reflejo del manantial más precioso del mundo y que en este manantial se veía a la eternidad bañándose en sus aguas.
Que al hablar se podría escuchar la briza del planeta, sintiéndose la calidez de los desiertos y el aroma de las flores.
Que sus manos se veían como las de un hombre que trabajo toda su vida, sin descanso, con ellas; pero que al tacto eran tan suaves y tersas como las de un bebe.
Que su andar era pausado, sereno y displicente. Y aún así podía caminar leguas, en pocas horas, sin tener una gota de transpiración sobre su frente.
Que el no habitaba ninguna edad, que se mantenía atemporal.

Estas, y tantas otras leyendas se contaban de este individuo; que en un momento paso a ser más relevante el que, del quien.
Y con el tiempo se empezaron a olvidar de quien era ese individuo; y pasado mas años, las leyendas empezaron a ser tergiversadas.
Al paso de centenares de años las leyendas eran creaciones de la imaginación y el ego de las personas.

Hasta hoy han llegado miles de leyendas, miles de relatos. He podido rescatar algunos de ellos, los verdaderos. A los falsos, los he dejado hundir en su propia mentira y se han autofagocitado.

Solo lamento algo de todo este buscar; que se haya perdido el quien para que gane el que. Hemos perdido la verdad para adentrarnos en la fantasía.

Aun así, seguiré indagando y buscando. Puede que alguna vez lo cruce en la calle, en el colectivo, en una plaza.
O quien sabe, hasta puede ser que me lo cruce en el espejo.

Matías Hugo Figliola

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