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Dijo, y se fue.

No tenía mucho por decir, y por ello callaba.
Algunos le creían mudo, mientras otros asumían que no estaba en la realidad.
Se suponía que era autista, que estaba enojado con todo el mundo; que solo maldecía para sus adentros a todas las personas.
Tanto se creía de él que se llego al punto de pensarlo ciego y sordo, y hasta posiblemente mudo.

El estaba sentado, tranquilo; callado.

En el tiempo que las demás personas lo veían, el no hablaba. Nunca lo habían visto hablar. 
Igual, ninguna de estas personas le había hablado. Aunque el hombre no asumía ni presuponía ni prejuzgaba, solo aceptaba.

El tiempo fue transcurriendo lentamente; en la cara de las personas que pasaban frente a él se podia percibir el paso del tiempo. 
Una tarde, con mucha armonía y paz en su hacer, se paro y dijo: "me retiro. Veo que no tienen preguntas ni dudas ni ganas de charlar. Sigo mi andar. Les agradezco lo que me han permitido asimilar de las experiencias que no han sabido ver, y aun así me han dado amorosamente. Adiós"

Y con estas palabras se retiró, una tarde de otoño. Acompañado solamente por las hojas que caían suavemente de los arboles. 
No giro su cabeza para ver quien o quienes lo habían escuchado. Simplemente siguio su senda, habiendo aprehendido su aprendizaje. Y dispuesto a vivir una nueva revelación.
No se lo volvió a ver, y la gente asumió que lo habían llevado a un loquero, que se había muerto o que nunca estuvo allí.

Y tantas cosas pensaron porque aquel hombre se mantenía callado; porque no tenia mucho por decir.

- Por fecha 27/02/2012 - 

Matías Hugo Figliola

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