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La niña y el columpio

Subía y bajaba. Avanzaba y retrocedía. Reía y sentía cosquillas en su panza.
Estaba jugando con el columpio; estaba jugando a vivir la vida.
Todas las mañanas era su primera acción del día, pareciera que se entrenaba y, para ojos ajenos, solo estaba jugando.

Estaba en ese suceder constante; entre otros juegos este era el que más le interesaba. No le gustaba girar para un lado o el otro, es por ello que la calesita no era afin con ella.
El carrusel no le despertaba ninguna motivación; ya había montado a un caballo real, un auto real, una moto real, había visto aviones reales y helicopteros de la misma índole. Ya no le despertaba ninguna emoción ni sorpresa el carrusel.
Saltar la soga no era un juego, era un ejercicio y para ejercitarse prefería realizar otras tareas. Tareas como subir o bajar escaleras yendo hacia algun lugar; levantar cosas pesadas, para poder hacer nuevos espacios o para poder llegar hasta donde deseaba llegar.

Era una niña de unos 7 u 8 años, es que ya no lo recuerdo con exactitud. Esto sucedio hace largos años ya, en mi vida. Yo me encuentro caminando mis últimos pasos de esta vida y preparandome para caminar mis primeros pasos en lo próximo que vendrá.

Este es el aprendizaje que me dejó esta niña, una vez cuando me sente a charlar con ella. Esta es la enseñanza que una niña de corta edad le brindó a un hombre, en ese entonces, de unos 45 años.
La charla comenzó y luego llegamos al punto de mi pregunta intrigante:
"Habiendo tantos juegos, tantas cosas, tanto para hacer, todos los días veo que llegas y esperas al columpio. Esperas no haya nadie a tus costados y lo montas como un vaquero monta a un caballo salvaje.
Todos los días miro con increible sorpresa como siempre te asombras de las mismas cosas, con la misma naturalidad de la primera vez. Y eso me gusta mucho y también me llama la atención.
¿Como puede ser que eso suceda?"

La hermosa niña, de tez mestiza y pelo castaño; de ojos marrones oscuros casi negros; de sonrisa amplia y dientes en vidriera me contestó con una naturalidad no esperada. Es que esa pregunta había sido mas un cuestionamiento que una pregunta, no esperaba respuesta como tampoco esperaba que llegase a enteder todo lo planteado.

Ella, con su sonrisa y brillo en sus ojos me dijo:
"Como a usted le gusta ver, en su quietud; a mi me gusta hacer en mi acción. El columpio es excelente para ello. Te muestra todo a tu derredor.
Me ha enseñado a mirar al cielo y me sigue recordando mirar al piso. Me hace ver que todo es emoción y que retroceder no es perder, solo es otra dirección. Que avanzar no es ganar, es también otra direccion.
Que uno debe estar bien aferrada a la vida, que las sorpresas pueden tirarla sin que estemos preparados.
Que la alegría esta siempre, solo que nosotros tenemos que elegirla.
El columpio muestra que el viento siempre esta, que el sol siempre esta, que las nubes tambien siempre estan. Que la tierra y el cielo estan unidos por elección de ellos dos.
El columpio me da la libertad de poder volar y aun estar en la tierra. Me enseña que puedo disfrutar de algunas locuras, como sentirme pajaro, y aun recordar que soy una niña.
Espero le haya servido mi respuesta, ahora pido permiso para ir devuelta a jugar y a vivir."

Y salió corriendo al columpio, utilizando los musculos que no utilizaba al no saltar la soga. Y se aferro a las sogas de los costados del columpio, con la fuerza que no utilizaba para agarrar juguetes y premios.

Y yo permanecí callado, absorto tanto por su respuesta como por su verdad. Y yo, desde aquel día voy al columpio por las noches y le dedico el tiempo necesario para recordar que es la vida, para sacar el peso del adulto y encarnar la ligereza del niño.

Y yo, hoy, llegando a mi momento de partida estoy en el columpio permitiendo que este desacelere hasta el punto de frenar y luego quien dirá. Otro columpio, el otro lugar, el otro estilo, de seguro me esté esperando.

- Por fecha 09/02/2013 - 

Matías Hugo Figliola

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