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La tierra prometida

Comió de la manzana; de la manzana de la sabiduría, de la manzana de la perdición.
Volvió a suceder lo mismo. Esta vez no fue una manzana, y fue mas perdición que sabiduría.

Mismos actos, mismos gestos; diferentes acciones y elecciones.
La manzana no es manzana, es poder; la sabiduría fue menospreciada porque el poderoso no es sabio, el sabio es quien sabe dividir el poder para generar una equidad. La perdición se instalo en el cerebro, generando en el una dependencia, una carencia y una necesidad.

La perdición esta hoy en nosotros, entre nosotros y con nosotros. Todos los días comemos de esta nueva manzana, el poder y todos los días nos alejamos de nuestro propio edén, lugar divino; es decir que todos los días nos vamos a otro lugar que no es "yo".
La perdición nos dice que las posesiones son lo valioso, que el imponerse es mas importante que el comunicarse. El dinero, el falso respeto -que es imposición y miedo-, el uso del sexo -que es carencia de amor- y el abuso del otro en todos los estilos -que también es carencia de amor, hacia uno y hacia el otro por reflejo- nos tiene alienados.

Hemos perdido el edén, el cielo, el paraíso; hemos perdido ese lugar divino al cual admiramos y queremos llegar.
Pensamos que cuanto mas materialidad, cuanto mas control, dominio, poder llegaremos a este lugar divino. Y hacemos toda la fuerza posible, por todos los medios posibles para ir avanzando y llegar.
Y en el avanzar destruimos tierras, bosques, plantas, animales, arboles, aguas, ríos, rocas, aire, insectos, hielos, bacterias, cuevas, montañas cerros, llanuras y todo lo que no vemos, porque estamos empecinados en seguir avanzando e ir hacia nuestro lugar divino.

Así esta quedando el mundo, destruido; esta siendo carcomido por una fuerza inferior pero constante. Estamos destruyendo todo a nuestro paso, hasta nos estamos creyendo deidades y que por nuestras manos pasa la decisión de vida y muerte, de confinamiento y de libertad, de permiso y de destrucción.
Sobre el mundo solo digo que es naturaleza y la naturaleza sabe encontrar, a su modo, el equilibrio justo, siempre. No estamos por fuera ni por sobre la naturaleza, y esto el ser humano no lo comprende, por su "nueva manzana" y su, nueva y re enviciada, "perdición".

El lugar divino al que queremos llegar no esta allá, no esta caminando, no esta andando, no esta avanzando. Es claro a donde apunto, pero déjenme tomarles por un segundo el control de su mano diestra y les pido que cierren los dedos y que el dedo indice, con el que señalan, apunte rectamente hacia el centro de su pecho, entre sus pectorales. Allí radica el lugar divino.
No hay otro lugar divino que mi propia persona, que mi propio ser. No hay lugar divino que saberme, sentirme, escucharme, elegirme, respetarme, amarme... AMARME.
Mi edén esta en mi, mi cielo esta en mi y, más importante y más relevante de todo, yo estoy en mi. Mientras no comprendamos que nosotros estamos en nosotros, es decir que yo habito mi cuerpo y no las posesiones que mi cuerpo pueda cargar o retener, seguiremos consumiendo de aquella manzana y de aquella perdición, las cuales continuarán su mutación hasta el fin de nosotros, como individuos, como raza y como seres vivos.

La tierra prometida, ese lugar tan buscado y ansiado no esta prometido. La tierra ya esta, somos nosotros -yo y vos-. Esa idea que nos inculcaron, a todos en casi todas las religiones, dogmas y filosofías, nos mantiene siguiendo una manzana que no existe; nos mantiene corriendo a un lugar que solo fue inventado para que la perdición nos mantenga avanzando, y haciendo a nuestro ego y semejanza en el mundo, que no nos pertenece -en cual es libre, como todo ser vivo que habita en él-.

- Por fecha 03/09/2013 - 

Matías Hugo Figliola

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