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Aquel niño

Se encontraba sentado sobre su asiento en el tren. Estaba aburrido ya que un niño pequeño se aburre al estarse quieto, sin mover sus extremidades ni poder estar experimentando cosas y viviendo fantasías llevadas a la realidad en base a sus juguetes.
Él tan solo tenía diez años y debía acatar la orden de su mamá y su papá, quienes habían sido bien claros en su sentencia; ya que hay una diferencia entre un pedido, un aviso y una sentencia. Le notificaron, no muy amorosamente, que si se llegaba a mover iba a recibir una especie de correctivo, por no decirse una tunda bien -mal- propiciada.
Sabiendo que esto era verdad el permanecía quieto, aburriéndose y conteniéndose para no hacer nada que disgustara.
Su cara estaba cerca de la ventana, miraba hacia afuera y miraba a la gente pasar, a los hombres cargando cajas y bolsos. A las madres llevando a bebes y acompañando o siendo acompañadas de sus maridos.
Su diversión pasaba por aquel lugar cuadrado que le permitía ver la posibilidad de algo nuevo, diferente, con más color y libertad que allí dentro donde todos estaban sentados y casi todas las caras eran, lo que se suele decir cuando la gente no es feliz, "caras largas".
En un momento vio, en una estación a un niño que estaba como escondido detrás de los arbustos. Este niño se mostraba desde su pecho, casi llegando a su cuello, hasta su cabeza. 
Se cruzaron miradas y permanecieron inmóviles. Parecieron petrificados, como si cada uno de ellos dos tuviesen, dentro de si, el don de convertir en piedra a su observador.
Hubo cierto asombro y a cabo de unos breves minutos el niño que estaba dentro del tren ve como el niño que estaba fuera del tren le sonríe. Este fue el primer movimiento y se sintió feliz que su acción fuese un gesto de cariño y dulce. El devuelve su sonrisa a aquel niño, el cual no se movía de detrás de aquel arbusto.

La ventana baja no le permite hablarle y prefiere no abrirla para no molestar a nadie, ni a sus padres ni a los otros adultos; los cuales parecían muy preocupado por cosas de adultos, las cuales el todavía no había asimilado en su vida.

Continuaba en silencio y absorto en la ventana. Continuaba mirando al niño de allí afuera que continuaba sonriéndole. Su cara era bella, era un niño con un gesto amoroso, dulce, lindo; era un niño con un semblante angelical.

Así pasaron los segundos y minutos hasta que escucho sonido que emiten los trenes avisando su próxima partida. En el transcurso de ese tiempo ellos pasaron tan solo mirándose y haciéndose muecas, pasaron jugando entre si sin moverse, ninguno de los dos.
El sentado en el asiento del vagón del tren. El escondido detrás de un arbusto, asomándose desde su pecho, en la estación del tren. Algo en común tenían, el tren.
Y si pensamos mejor, tenían muchas cosas en común, el tren era tan solo la burda y más básica semejanza que uno encontraría. El tren era tan solo la semejanza que los adultos le hubiesen encontrado a un momento y un vínculo tan bello y profundo.

Aquel niño encontró en su semejante mucho más en común que un tren. Encontró ojos, sonrisas, muecas, lengua, pelo, mejillas, dientes, labios. Encontró, en su semejante, un niño que estaba sonriendo y sonriéndole; encontró a un niño alegre un estando totalmente inmóvil detrás de aquel arbusto.

El niño lo continuó mirando y con una sonrisa gigante, cerro los ojos y se despidió. Le pareció mas sano despedirse del niño sin mirarlo a la partida del tren. Prefirió asimilar como última imagen a aquel niño sonriente y hermoso, radiante de vida y lleno de amor y energía.

Y así fue como el tren comenzó su marcha, nuevamente. Pero para el niño todo había sido diferente, ya todo había cambiado. En si mismo tenía a aquel niño que lo miraba con esa sonrisa y ese amor libre y puro, honesto y eterno

El tiempo paso y el tren siguió. Más tiempo pasó y el niño crecí. Continuó el tiempo pasando y el niño llego  ser un joven, un adolescente y un adulto. Es el día de hoy que aquel niño es un anciano.

Hoy, siendo anciano puedo decirles una verdad que comprendí con el paso del tiempo aquella experiencia y la utilice para continuar vivo, en todo sentido.
Aquel niño que vi no era otro más que yo, reflejado en la ventana del tren. Gracias a aquel niño, gracias a mi, pude comprender que yo soy quien me doy mi propio impulso, cariño, amor y que siempre estoy cuidándome y motivándome a sonreír en, y a la, vida 

¿Y cuál será tu reflejo?. ¿Existe algún vagón de algún tren en el que te habrás reflejado sin saberlo?.

- Por fecha 22/12/2013 - 

Matías Hugo Figliola

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