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Antes de ser tocado

Llego su momento, como a todos nos llega. Estar en los últimos momentos de esta vida, estar viviendo la presencia de la muerte delante nuestro, a nuestros costados y dentro nuestro.
Ser conscientes de que vamos a morir y aceptar ese hecho, ya que en un momento en nuestras vidas esa decisión deja de ser tomada por nosotros.
Aquí se encontraba él, en esta habitación, en esta cama. Y mientras había paz en el afuera, en su interior gritaban miles de voces; miles de recuerdos y de acciones tomadas se hacían presentes.
Como tantas veces el dió sentencia, ahora estaba siendo juzgado. El mismo estaba juzgando sus actos, sus juicios y las decisiones y acciones tomadas.
Era él ahora quien estaba siendo enjuiciado por si mismo. Aquí no existía verdugo que cortase su cabeza, ni que lo encerrase en un calabozo deshumanizado. Aquí estaba en siendo su propio juez y la muerte estaba observando el proceso.
Muchos dicen que la muerte es un estado luego de la vida, otros dicen que es el momento que se vuelve a ser nada; hay quienes dicen que es el momento de liberarse e ir con el dios.
Este hombre estaba redefiniendo lo que muerte significaba, o representaba. Para el ya no era un "algo" que llegaría algún día, ni que sería rápida y honorífica. Con el tiempo las pautas habían cambiado pero el no las había sabido mirar, ni escuchar.
Para el la muerte no era un momento, sino era un juicio honorable. Ante todo uno debía ver las decisiones y acciones tomadas, y saber el porque de esas decisiones y acciones. Saber las consecuencias que ellas produjeron y porque fueron tomadas.

Este rey debió de ver a todos los asesinados, a todos los enjuiciados, a todos los encarcelados. Debió ver todas las acciones tomadas orgullosamente, todas las acciones tomadas por la ira, por el rencor, por la venganza. Debió ver todos los errores que cometió en su vida y que hoy estaban siendo ellos los que lo juzgaban a él.
Hoy era el quien yacía a merced de alguien, o algo mas. Hoy era el quien esperaba la sentencia de la muerte.
Sentencia que lo liberaría de este juicio, como también de la vida y de lo vivido.

Sus ojos derramaron algunas lágrimas, más como río que como llovizna. Tenía dentro suyo un dolor inmenso.
Todo lo que había hecho y de todo lo que era culpable, por falta u omisión, por orgullo o venganza.
Lo único que le quedaba era ser honesto consigo mismo, y con la muerte; y así fue que lo hizo y se hizo responsable de las atrocidades hechas, de las sentencias mal dadas y de los castigos mal impuestos; y por ello los ríos de lagrimas brotaron como brotan del acantilado el agua transformándose en cascada.

La muerte se acerco a él, en silencio. Se paro a su lado y lo miro. Se miraron fijamente y en silencio. Ellos dos eran conscientes de que tan solo ellos se podían ver honestamente a ellos mismos.
Antes de quitarle la vida, la muerte dijo algo que el escucho como campanas resonando en todo su mundo. "Recuerda todo lo bello que has hecho también. Has aceptado tu peor lado y ahora debes aceptar tu mejor lado. No hay sentencia justa si miramos una sola cara, de una sola moneda."

Con estas palabras se le presentaron otras caras, otros momentos y otras elecciones y acciones. Aquí estaban sus hijos, sus nietas; su padre y madre y sus compañeros de batallas y charlas. En este momento el se encontraba con la parte que no estaba viendo por creerse el mismo un hombre desalmado y horrendo.
Aquí fue cuando pudo ver la otra parte de la verdad, de la realidad y de su vida. Esta parte no oculto la anterior ya que tan solo era otra parte, ni mas ni menos que eso.

Y el rey pudo ver tanto lo bueno como lo malo, pudo ver sus acciones y decisiones. Pudo ver sus errores y aciertos; pudo comprender que estamos andando en un mundo de situaciones y de elecciones en donde debemos decidir y hacer respecto de lo que nos motiva a vivir.

Antes de que la muerte toque su frente con su indice, el rey dijo una palabra "PAZ". El mismo rey que hace más de un mes que estaba en agonía y que hace una semana que no podía emitir una palabra.
Una sonrisa firmo su partida y el río ceso. Calma en su expresión mientras la muerte tocaba su frente.

En ese último segundo pudo encontrar la paz dentro suyo; errores y aciertos, caras de dolor y de amor visitaban su retina. Se hizo responsable de los castigos y acepto los aciertos.
Su palabra fue la dura sentencia que se dió a si mismo, luego de haberse castigado por sus errores que no se perdonó. Errores que acepto como lo que son, decisiones tomadas.

Y pensó... "tal vez pueda recordar esto en mi próxima vida; si es que existiese una próxima vida"

- Por fecha 10/05/2014 - 


Matías Hugo Figliola

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