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La niña

Todos estaban preocupados; todos estaban nerviosos y angustiados. Todos estaban entre ir y venir, entre llevar y traer; todo estaban moviéndose sin comprender bien lo que le estaba sucediendo.

Ella era tan solo una niña, con unos gentiles cinco años. Ella lloraba desconsolada, sin emitir palabra de lo que le sucedía.
Su cara había sido angelical, sus rasgos parecían haber sido dibujados por algún dios antiguo. Su cabello caía suavemente, danzando con el viento que la acariciaba suavemente.
Sus labios, aquellos labios que habían dicho tiernas palabra; que habían regalado tantas sonrisas plenas hoy en día se encontraban caídos, inertes de no-felicidad.

Todos les alcanzaban yuyos, brebajes, comida, ropas, gorros. Todo el mundo le alcanzaba lo que ellos creían que era lo que la bella niña estaba necesitando.
Este suceso ya era de conocimiento total en la aldea y todos, literalmente todos, se acercaban a asistir y a encontrar la cura de tan doloroso mal que esta niña estaba padeciendo.

Más aún, con tantos obsequios y comidas y bebidas; con tanto brebaje y yuyos; con tantos rituales y cánticos la niña continuaba en aquella situación de extremo dolor, ya que nadie llora una semana seguida sin detenerse.
Todos ya se encontraban desenfocados, sin rumbo ni información de que hacer. De a poco cada cual fue dándose por vencido y fue retirándose. De a poco fueron olvidándose de la niña y su dolor.
A los pocos días su llanto era tan común como el ruido que hace la leña dentro de su fogata.

Todo ya se había calmado. Ya nadie se percataba del llorar ni de su dolor. Hasta los padres comenzaron a retirarse y a continuar con su hacer diario.
Todos se olvidaron menos una persona; una anciana que siempre estaba sentada y nada decía de nada.

Cuando todos estaban ocupados haciendo sus cosas ella se acerco a la niña. En silencio la miro y le acarició el pelo, de la misma forma que se lo acariciaba el viento. La miro suavemente, de la misma forma que la miraba el pájaro fuera de su choza. Le susurró suaves palabras, de la misma forma que el perro le susurraba entre lamidas. Le dió un beso en la frente, del mismo modo que ella recibía el beso de la primer gota de lluvia.

La anciana, luego de haber dicho y hecho se paró y se volvió a retirar. Fue hasta su lugar habitual, en el justo medio de toda la aldea; allí volvió a su hacer el cual era mirar a la gente, cantar por lo bajo y sonreír a las almas puras. Por su parte, la niña cesó su llanto.

Ya todos se habían olvidado que estaba llorando, y a nadie le llamo la atención aquel raro silencio que existía.
Nadie se enteró de lo que sucedió, tan solo la niña y la anciana. Y la niña nada dijo de aquellos susurros, caricias y contacto que hubo entre ella y la señora.
Tal vez algún día cuente la verdad; o tal vez la verdad ya la sepamos todos pero preferimos no verla, ni escucharla, ni sentirla, ni vincularnos a ella.
Tal vez algún día el cambio sea nuestro, y dejaremos de padecer y volveremos a sonreír, a reír, a mirar con miradas de sorpresas y amor. Tal vez algún día volvamos a ser aquella niña, o niño, de siete años que tan felices eramos

- Por fecha 11/06/2014 - 

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