El marinero y su viaje

El barco zarpó hacia aquel infinito que se reflejaba en el horizonte, a aquel lugar al que siempre iban a estar avanzando y nunca arribando.
La tripulación estaba compuesta por gente joven, la cual siempre goza por las aventuras; y por gente adulta, quienes gozaban las aventuras porque con ellas venía la juventud y todo lo que el suspenso y misterio deparaba, cosa que la vida diaria ya había perdido.
En tanto al capitán, pues nada se podía decir de él por el solo hecho de que no era una persona conocida por nadie. No tenía conocidos, ni contactos ni mucho menos amigos. Era una persona de las que se llamaba trotamundos, aunque en su caso le quedaría mejor "mundista" -era una persona de mundo, de tierra, agua y aire-.
Su pasión no era comerciar ni conocer gente nueva. Su necesidad no era monetaria ni de poder.
Su amor era por el develar, por el conocer, por el ampliar su mente ante nuevas cosas.
El mantenía el misterio del horizonte y del infinito; de aquel más allá que nunca se llega pero siempre se lo señala. Era el quien fomentaba estas ideas, frases y conceptos en la gente por toda taberna, restaurante, plaza y calle por donde se lo viera.
Era él quien mantenía encendida la llama del conocimiento y de la lucidez; de la verdad y la aventura. Era él quien atraía a nueva gente a un viaje comercial o de descubrimiento para un tercero, quien no se atrevía a viajar.

Aquel viaje era la excusa para convocar a gente de su estirpe; era la perfecta excusa para congregar gente que tenía la voluntad para despertar su propia llama, su propia luz.
Así viaja en su vida, así viajaba en su viaje. Aquel era su tipo de viaje; el de convocar al despertar de la gente. A ver aquel "más allá" lejano y ser consciente de que nunca se llegaba, pero que en el transcurrir de ese viaje, la meta era lograrse conocer a uno mismo.

Expectativa Cero